07 Meditación: Principio y Fundamento IV - P Manuel Vargas - Ejercicios Espirituales online 2026
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En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles y
enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu y lo crearás todo y
renovarás la faz de la tierra. Oh Dios,
que has iluminado el mundo con el don
del Espíritu Santo, concédenos
participar de este mismo Espíritu. y
gozar de sus divinos consuelos. Por
Jesucristo nuestro Señor. Amén. En el
nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén. A lo largo de
estos ejercicios espirituales vamos a
tener en consideración muchos aspectos
de nuestra vida cotidiana y también de
nuestro trato con Dios. Y en particular
hemos comenzado meditando el principio y
fundamento de nuestra vida. San Ignacio
dice en ese número de los ejercicios al
que ya hemos aludido, el hombre es
creado para alabar, hacer reverencia y
servir a Dios nuestro Señor y mediante
esto salvar su alma. Hemos visto de este
modo que fuimos creados por amor y para
amar. También nuestra relación con
nuestros prójimos ha de ser una relación
de amor. Inmediatamente después dice San
Ignacio, "Las demás cosas sobre la faz
de la tierra han sido creadas para el
hombre y para que le ayuden en la
prosecución de su fin." Es decir, las
cosas no tienen el mismo valor que las
personas, sino que son medios,
herramientas de las que nos podemos
servir para cumplir nuestra misión, que
es amar a Dios, que es llegar al cielo,
que es alcanzar definitivamente la
gloria. Por eso veíamos justo ahora que
hemos de escoger aquellos medios más
adecuados para nuestro fin y hemos de
desechar, rechazar aquellas cosas que
nos perjudican la misión con la que
hemos venido al mundo, la tarea que
tenemos cada uno que realizar. Pero, ¿y
qué ocurre con aquellas otras cosas que
hay en nuestra vida y que nosotros no
podemos escoger si queremos mantener o
queremos quitar? Es decir, hay muchas
realidades en la vida de cada uno de
nosotros que ninguno de nosotros hemos
escogido, hemos elegido y que sin
embargo nos han sido dadas. Por ejemplo,
has nacido en una familia muy concreta
que tú no elegiste y has nacido en un
tiempo determinado y has nacido en en
una nación y en una cultura que tampoco
tú decidiste que fuera la tuya, sino que
te tocó. has tenido una infancia, tienes
ahora un estado de salud o de falta de
salud que no son el fruto de tu
elección, de tu decisión. ¿Qué ocurre
con todo eso? ¿Por qué permite Dios las
circunstancias de nuestra vida? ¿Son
simplemente fruto del azar o de la
casualidad? ¿Nos han tocado porque no
quedaba más remedio y nos tenemos que
fastidiar? o realmente en las
circunstancias de nuestra vida hay como
un mensaje de Dios para nosotros. Sobre
eso podríamos reflexionar ahora en este
momento de los ejercicios y sobre la
significación o la importancia de las
circunstancias en nuestra vida y de cómo
hemos de aceptar estas circunstancias.
San Pablo en la carta a los romanos,
Romanos 8:8, dice literalmente esto, las
cosas, dice él, para los que aman a
Dios, todo les sirve para el bien. Para
los que aman a Dios, todo les sirve para
el bien. Y con esto él da a entender que
no solo las cosas que podemos elegir,
los medios más adecuados para nuestro
fin, sino también esas otras realidades
que nos han tocado, que no hemos
escogido, pero que Dios ha permitido en
nuestra vida, no son casualidad, sino
que Dios las permite con algún motivo,
por alguna causa. De manera que un
cristiano tiene que aprender a aceptar
sus circunstancias y a entender que
cuando Dios las permitió fue para su
bien. Esta meditación podría ayudarnos,
y así se lo vamos a pedir a Dios, a
reconciliarnos con nuestra propia
historia y en el fondo a aceptar nuestra
vida tal como ha sido y tal como es.
Todavía recuerdo unos ejercicios
espirituales en los que un joven venía a
decirme que después de haber hecho
propósito hace ya unos años de ir a misa
a diario, también después de haberse
propuesto tener un director espiritual y
confesar cada semana y después de haber
fijado en su horario que iba a hacer
todos los días media hora de oración y
también iba a rezar el rosario, ahora en
estos ejercicios él quería comprometerse
a hacer, no recuerdo recuerdo qué
sacrificio, si quitarse para todo el
dulce o no volver a comer carne nunca
más en su vida, ¿no? Como yo conocía la
historia de este joven, se me ocurrió
preguntarle, "¿Y no te parecería que a
lo mejor sería un mejor propósito de
estos ejercicios que hicieras las paces
con tus padres a los que hacía tiempo
que no hablaba?" Y él me dijo, "Puf, eso
es un sacrificio demasiado grave para
mí, demasiado gordo. Yo con eso no
puedo, ¿no? ¿Por qué le preguntaba yo
esto a este chico? por una razón muy
sencilla y es porque a veces nos sucede,
como a él, que pensamos que crecer
espiritualmente consiste solo en añadir
cosas a nuestro calendario, añadir cosas
a nuestro horario, exigiéndonos o
sacrificándonos más en cosas que nos
gusta o que queremos sacrificar, ¿no? Y
en cambio, a veces el propósito que a
Dios le gustaría que nos hiciéramos es
simplemente que aceptemos, que toleremos
cosas que no nos gustan, pero que fue él
quien puso en nuestra vida y las puso
para que las aceptáramos y para que las
encajáramos, ¿verdad?, con confianza en
él, ¿no? Aceptar a tu marido o a tu
mujer como es, aceptar a tus padres como
son.
Aceptar tu propia falta de salud que te
obliga todos los días a tomar no sé
cuántas pastillas o aceptar ese barrio
en el que vives y del que no te puedes
marchar, pero con el que llevas enfadado
no sé cuánto tiempo porque no te gusta.
o aceptar a tu jefe en el trabajo o
aceptar que tenemos que ir a clase todos
los días cuando somos niños o cuando
somos jóvenes. No puede ser un
sacrificio igual de de valioso o más que
el que se compromete a hacer no sé qué
historias o que el que renuncia a no sé
qué otra cosa a la que a lo mejor no
tendría que renunciar.
Así que reconciliarnos con nuestra
propia historia. A esto también nos
enseña el principio y fundamento. San
Ignacio dice, "Las cosas sobre la de la
tierra han sido creadas para el hombre."
O dicho de otra manera, no hay nada en
tu vida ni tampoco en tu historia que
haya sido casual, que haya sido fruto
del azar, sino que todo lo ha permitido
Dios para tu bien. A veces no tenemos
que añadirnos cosas al calendario, sino
simplemente aceptar lo que Dios ha
permitido en nuestra vida. Hay personas
que llevan en el corazón como una
amargura o como un resentimiento porque
no no aceptan la vida que les ha tocado
vivir y en el fondo sueñan con otra vida
y piensan, "Si yo pudiera volver a
nacer, no me casaría con esta mujer o
con este hombre porque ha sido todo el
origen de mis desgracias. o si yo
pudiera volver a empezar, no cometería
aquel error que cometí cuando tenía 19
años, ¿no? Y en el fondo viven toda la
vida como lamentándose
de que las cosas no fueron como ahora
les gustaría que hubieran sido, que su
vida no ha sido como a ellos les hubiera
gustado que fuera. Fijaos, esto es
impresionante. Es como el no aceptar la
realidad, es como tener una albóndiga
que uno se ha tragado, pero que se le
quedó atragantada en la garganta y
entonces pues le hace ya vivir incómodo,
le hace no poder hablar con facilidad,
en el fondo le hace vivir triste.
El principio y fundamento nos anima a
reconciliarnos
con nuestra propia realidad y a aceptar
con paz, con serenidad, con confianza en
Dios todo lo que Dios ha permitido que
nos sucediera. En el fondo, de lo que se
trataría es de que Dios nos dé la
gracia, y así se lo pedimos, de
transformar nuestras quejas en
agradecimiento.
una persona muy llena de Dios. No
necesariamente es una persona que cada
año se impone nuevos sacrificios,
pero sí necesariamente es una persona
que no vive ni en el resentimiento ni en
el rencor, sino que vive habitualmente
con paz y con alegría. es una persona en
que es que confía, en que Dios con su
providencia nos da en cada momento lo
que más nos conviene. Transformar las
quejas en gratitud es en el fondo, no
amargarnos la vida, sino aprender a
decirle al Señor, mejor así, gracias.
Aprender a decirle al Señor, confío en
ti.
Esto que os digo no lo he leído en
ningún libro, sino que a mí mismo me ha
sucedido. Con apenas 14 años tuve una
leucemia, un cáncer de sangre que me
impidió seguir asistiendo a clase
durante un curso entero y lo pasé mal,
como os podéis imaginar. Fue un año muy
complicado, pero después con el paso del
tiempo me he ido dando cuenta de que fue
el origen de muchos dones y gracias de
Dios y que en el fondo Dios, como
decimos en España, no da puntada sin
hilo, sino que todo lo que permite, todo
es para nuestro bien.
Cuando era joven, recuerdo que en una
ocasión a un sacerdote le pregunté en un
campamento, ¿qué qué son las cruces de
la vida? Porque usted nos ha hablado de
que tenemos que amar la cruz, de que la
cruz es camino de salvación, pero y yo y
yo cómo sé cuáles son las cruces de mi
vida. Y este sacerdote de una manera muy
sencilla me dijo, "Es muy fácil. Las
cruces de la vida son todo lo que tú
quitarías de tu vida si pudieras
hacerlo. Las cruces de la vida son todo
lo que no te gusta de ti mismo, de los
demás o de la vida que te ha tocado
vivir. Lo que rechazas de tu propia
historia, de tu familia, de un error que
cometiste, de un complejo de
inferioridad que tienes. Las cruces de
la vida son lo que en el fondo te parece
que te sobra. Y amar la cruz significa
aceptar que hay cosas en mi vida que no
puedo cambiar y que puesto que no las
puedo cambiar, no pasa nada, las tengo
que aceptar.
Que nadie piense que esto es un cierto
fatalismo y y que estoy animáos a que no
queramos cambiar nada en el mundo, sino
que nos mantengamos satisfechos con la
realidad tal como es. No, no he dicho
eso. Efectivamente, hay muchas cosas en
la vida que pueden deben cambiar. De
modo que si un día te duele la cabeza,
pues no tienes por qué decir, pues me
voy a aguantar, sino que te puedes tomar
una aspirina o un gelocatil. Y que si
tienes un presidente de tu comunidad de
vecinos o un presidente del gobierno que
resulta que no está haciendo las cosas
bien y ha caído pues en la corrupción o
miente habitualmente, estás en tu
perfecto derecho de no volverle a votar
nunca más y de desear y procurar que
cambie cuanto antes. Así que no no es
fatalismo, no es pensar que vivimos en
el mejor de los mundos posibles y que no
haya nada que cambiar. es simplemente
aceptar que hay cosas que no se pueden
cambiar y que hay cos cosas que sí que
hemos de aceptar con serenidad y con paz
y con confianza. Te hubiera gustado
vivir en otro siglo, ya, pero estás
aquí. ¿Te hubiera gustado nacer en otro
país? Pues es posible, pero naciste
donde naciste y te hubiera gustado a lo
mejor tener una mejor condición física o
tener una salud que no falla cada dos
por tres o tener una familia donde todos
fueran católicos, practicantes y además
valoraran mucho tu fe. Pues sí, pero la
familia que tienes es la que tienes.
hemos de aceptar aquello que no podemos
cambiar y aceptarlo con fe, pensando,
bueno, si Dios permitió esto en mi vida,
por algún motivo será, por alguna razón
que desconozco. De modo que en lugar de
quejarme, voy a tratar de descubrir qué
es lo que tengo que aportar en este
mundo para que este mundo mejore y
también cómo tengo que vivir esas cosas
que no puedo cambiar.
entre los sacerdotes. Esto a veces nos
sucede también. Nos hicimos, cada uno de
nosotros cuando éramos jóvenes, una idea
del santo que queríamos ser y algunos a
lo mejor entraron al seminario soñando
con vivir una vida retirada y les
enviaron cuando ya les ordenaron
sacerdotes a una ciudad muy populosa y
con mucho ruido. Otros quizá soñaban con
ser apóstoles de la juventud. cuando
entraron al seminario y al hacerles
sacerdotes les han enviado a una
residencia de ancianos o a un convento
de clausura donde son todas muy mayores
de capellanes a un monasterio.
Otros también se ilusionaron cuando
pensaron en su sacerdocio con una tarea
intelectual y la vida ya no les ha
permitido volver a estudiar nunca más.
los destinaron de capellanes a un
hospital que les absorbe mucho. O quizá
uno se empeña, y esto ya no entre los
sacerdotes, sino también entre los
laicos y y en todas las vocaciones en
seras,
¿no? Por ejemplo, uno quiere ser atleta
olímpico, pero resulta que tiene una
patología en sus articulaciones.
Pues hijo, no luches contra lo que en
realidad es algo en tu situación
invencible y piensa que seguramente es
que Dios tiene otros planes para ti.
Cuando las cosas que tú te has
propuesto, cuando los planes que tú has
soñado realizar, no han podido
materializarse y no por culpa tuya, sino
porque Dios no lo ha permitido, porque
no ha sido posible, ese es el momento de
aceptar las circunstancias y de recordar
esto que decía San Ignacio, las demás
cosas sobre la fa de la tierra, es
decir, el sitio donde estás, la salud
que tienes, la familia que te ha tocado.
También algunos defectos congénitos que
no puedes cambiar. Todas las cosas sobre
la faz de la tierra han sido creadas
para el hombre y para ayudarnos a
conseguir nuestro fin. Hoy le podríamos
pedir a Dios, "Señor, ayúdame a ser el
santo que tú quisiste que fuera y no el
que yo me he empeñado en ser.
Ayúdame a aceptar la vida tal como es y
no como a mí me hubiera gustado que
fuera.
En la vida de los santos hay muchos
ejemplos a este respecto que que
ilustran lo que os estoy diciendo, ¿no?
Seguramente conocéis a San Rafael
Arnaiz, este joven madrileño que estudió
arquitectura, que fue llamado por el
Señor de la trapa, pero a quien el Señor
permitió en una época en la que no había
tratamientos tan buenos como los de
ahora, tener una diabetes que le obligó
a salir de la trapa de San Isidro de
Dueñas en varias ocasiones. Y él podría
haberse quejado en su interior y haber
pensado, "Señor, si me llamas a ser
trapense, ¿por qué no me quitas la
diabetes? Y si me mantienes con
diabetes, ¿por qué me sigues llamando a
ser trapense?" En el fondo pudo
parecerle que Dios le pedía la
cuadratura del círculo, algo imposible,
pero no es que Dios le quiso hacer un
trapense especial, un trapense enfermo,
que tuvo que entrar y salir del
monasterio varias veces, que tuvo que
sufrir una guerra como tantos
antepasados nuestros. En el fondo, Dios
le quiso hacer un santo único, no el que
él había soñado ser.
sino el que Dios había pensado. O os
recordad, por ejemplo, a San Ignacio de
Loyola, cuyo sueño tras su conversión
era ir a Palestina, a Tierra Santa para
predicar allí en una tierra de paganos y
para dar su vida martirialmente por
Jesucristo.
Pero Dios no lo permitió. en su primer
viaje a Tierra Santa fue expulsado de
allí porque el custodio franciscano
quería evitar el riesgo de que murieran
cristianos por la persecución de los
musulmanes. Y cuando lo intentó por
segunda vez ya con sus compañeros de
París, San Francisco Javier, Laíz,
Almerón, Simón Rodríguez, Fabro, les fue
imposible. No hubo barcos desde Venecia
que les llevaran a Tierra Santa durante
un año entero. Así que San Ignacio al
final se
resigna a aceptar que es que Dios le
quiere llevar por otro camino, que no es
que a él le falte tesón, voluntad o
perseverancia o esfuerzo, sino que era
Dios quien quería hacer de él un santo
distinto al que él había imaginado.
Bueno, pues esto mismo nos sucede un
poco a todos. Hemos de dejarle al Señor
que sea él quien lleve las riendas de
nuestra vida y ponernos en el coche de
nuestra vida de copilotos, entendiendo
que el que lleva el volante es él, que a
nosotros lo que nos toca es hacer su
voluntad, pero que con mucha frecuencia
los acontecimientos terminan dirigiendo
nuestra vida por una dirección que nunca
hubiéramos imaginado, que nunca
hubiéramos soñado que nos iba a suceder.
San Pedro en su primera carta, primera
carta de San Pedro 5:7,
le dice a los cristianos, "Confiad
vuestras preocupaciones al Señor, pues
él cuida de vosotros." Y con esto nos
anima a que naturalmente que las cosas
que nos cuestan, que no nos gustan, que
nos hacen sufrir, se las presentemos al
Señor y con mucha frecuencia él viene
nuestro socorro y cambian esas
circunstancias.
Pero puede ocurrir que tú le presentes
al Señor algo que deseas que cambie y
que sin embargo, pues el Señor parezca
decirte con los acontecimientos que
ocurren que has de aceptar la vida tal
como es y que es mejor no vivir
rebelándote contra la realidad.
San Alfonso María de Ligorio tiene un
libro precioso a este propósito que se
llama así, la conformidad con la
voluntad de Dios.
Y también de Kosot tiene otro que se
llama el abandono a la divina
providencia.
En el fondo, cuando suceden cosas que no
nos gustan, no nos apetecen, que
preferiríamos que fueran de otra manera,
creo que podemos actuar de tres modos
distintos y que San Ignacio nos propone
solo uno de los tres. El primer modo,
cómo podemos reaccionar ante las cosas
que nos cuestan, no nos gustan, en el
fondo nos hacen sufrir. Ese primer modo
es la rebelión.
Son las personas que por dentro están
llenas de rencor,
no aceptan lo que les ha tocado vivir y
entonces andan echándole la culpa de su
amargura o a los demás o al mismo Dios.
Personas que se lamentan de su suerte,
personas que viven como enrabiadas
porque lo que les ha tocado vivir no es
lo que ellos querían.
A veces también miran a su izquierda y a
su derecha soñando en tener la vida que
tuvo este o que tuvo aquella y viven
como con envidia y con resentimiento.
Esta es una primera manera de reaccionar
ante lo que no nos gusta y es una manera
triste de reaccionar en la vida, sobre
todo porque no conduce a nada más que a
sufrir y a penar y no conduce a nada más
que a la amargura interior, a que tú por
dentro te amargues la vida y seguramente
se la amargues a los que tienes cerca.
La segunda manera de reaccionar que
puede parecer cristiana, pero que no lo
es, es la resignación.
¿Y qué es la resignación?
Bueno, la resignación consiste en pensar
qué se le va a hacer. Esto es lo que me
ha tocado y ha sido una fatalidad, pero
no se puede hacer nada. Luego lo que
hemos de hacer es aguantarnos y
mantenernos como en una tenue tristeza
el resto de nuestra vida. A eso hay
personas que le llaman resignación
cristiana, pero creo que de cristiana no
tiene nada. Los santos no han vivido así
como resignados, con una cierta pena,
con un cierto dolor que se mantiene en
el tiempo.
Los santos no han vivido pensando,
bueno, no me quedó más remedio, me tuve
que aguantar. En el fondo esto es lo que
me tocó. Menuda faena, pero no me quiero
rebelar contra Dios. No, esa no es la
actitud propia de los santos. ¿Y cuál es
entonces la actitud propia de los
santos? Es la tercera a la que podríamos
llamar la aceptación amorosa. Son las
personas que piensan, "A ver, de todo
esto que no me gusta, ¿hay algo que
pueda cambiar?" Sí, pues lo voy a
intentar. Lo haré con todas mis fuerzas.
Voy a intentar mejorar esta situación en
mi empresa, hacer que este asunto en mi
matrimonio o en mi familia pues trate de
transformarse a mejor.
Voy a tratar de corregir todo lo que en
mí mismo hay, que no está bien, pero que
tengo margen de mejora y lo puedo lograr
con la gracia de Dios y quizá con ayuda
de otras personas. Voy a intentar
mejorar todo lo que pueda. Ahora bien,
lo que no pueda lo acepto con amor y le
digo al Señor, mira, esto que no puedo
cambiar, Señor, te lo confío a ti y sé
que tú me ayudarás a sobrellevarlo y a
sobrellevarlo con paz y con alegría, a
sobrellevarlo con deportividad.
Esto es la aceptación amorosa. Es
transformar las quejas en gratitud. es
tratar de pensar por qué motivo Dios
permite esto, para qué Dios en mi vida
ha consentido que ocurriera esto otro.
Voy a tratar de sacar lo que de positivo
puede tener cada persona, cada
circunstancia,
cada momento de mi historia, incluso
cada cosa que no he entendido y que me
ha tocado aceptar, ¿no? Esa actitud de
aceptación amorosa, ese vivir dando
gracias a Dios por las cosas, ese
decirle al Señor mejor así, gracias a
uno le hace vivir contento y tranquilo.
Contento es decir, con alegría y
tranquilo que quiere decir con paz
interior. Y es así es la actitud de los
santos, ¿no? Todo en la vida tiene un
sentido, un significado. Dios no ha
permitido que ocurriera nada en tu vida
para fastidiarte o para hacerte daño,
sino que hasta las cosas que menos te
gustan, hasta las que te han hecho
sufrir, hasta esas cosas que te han
dejado una huella espantosa y que dices,
"Buah, yo he sufrido un montón más que
otras personas."
También esas Dios las toleró para que
pudieras sacar de ellas algo mejor y
algo más grande. No aprendí esto cuando
era un chaval en aquella leucemia,
cuando mi padre, que es un hombre fuerte
y un hombre al que no he visto llorar
muchas veces, cuando le pregunté si era
grave la situación, me agarró fuerte la
mano y me dijo simplemente esto con
lágrimas en los ojos.
Dios sabe, hijo. Dios sabe. Con esa
expresión tan sencilla me dio a entender
que podemos confiar en Dios, que Dios es
bueno, que Dios es providente, que nos
quiere como un buen padre o una buena
madre y que por consiguiente lo que no
somos capaces de cambiar Dios lo permite
para algo, por algún motivo. Hay un
santo español siglo XX, un sacerdote
diocesano que después fue jesuita, el
padre rubio, San José María Rubio, que
lo expresó de una manera muy bonita y
con esto concluyo. Le preguntaban en una
ocasión si es muy difícil ser santo. Y
él respondió,
"Seguramente es más sencillo de lo que
parece. Basta con dos cosas. Por un
lado, hacer todo lo que Dios quiere.
Es decir, poner en marcha todo lo que
Dios nos pide, realizar todo lo que Dios
espera de nosotros. Y añadió, y en
segundo lugar, querer todo lo que Dios
hace.
Es decir, aceptar y aceptar con
confianza todo lo que Dios ha permitido
en nuestra vida, sabiendo que lo ha
permitido, lo ha consentido para nuestro
bien. Fijaos qué forma tan bonita y tan
positiva de entender la vida. Ser santo
no es algo demasiado
heroico, reservado para unas pocas
personas hechas de otra pasta distinta a
la nuestra.
¿Qué va por el bautismo? Dios ya nos dio
la santidad al hacernos hijos suyos, al
regalarnos la afiliación divina. Y ahora
para crecer en esa vida espiritual, para
ir logrando con la gracia de Dios la
santificación moral, basta con dos
cosas. que hagas todo lo que Dios te
pide y que aceptes, que encajes, que con
serenidad
pues termines aceptando todo lo que el
Señor te pide con una confianza plena en
que él que es providente, que es padre
bueno, lo permite todo para nuestro
bien. Pues vamos a pedírselo al Señor.
Esto tendrá como fruto en ti una gracia
preciosa, que es vivir siempre
tranquilo, vivir siempre contento. Lo
que puedas cambiar y mejorar, hazlo. Y
lo que no, no dejes que te amargue la
vida, sino procura encajarlo con
serenidad, con confianza en el Señor y
pensando, por algún motivo permite el
Señor esto. Seguro que es para nuestro
bien. Gloria al Padre y al Hijo y al
Espíritu Santo. Como era en el
principio, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos. Amén.
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