09 Meditación: Tres pecados - P Tomás Ravaioli - Ejercicios Espirituales online 2026
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En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de
gracia, el Señor es contigo. Bendita tú
eres entre todas las mujeres y bendito
es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa
María, madre de Dios, ruega por nosotros
pecadores, ahora y en la hora de nuestra
muerte. Amén. San Ignacio de Loyola,
ruega por nosotros. En el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén. Toca ahora entonces entrar en una
nueva meditación de estos ejercicios
espirituales y es la meditación que San
Ignacio nos propone en su libro a partir
del punto número 45 y hasta el punto
número 54.
Esta meditación es conocida normalmente
con el nombre de la meditación sobre los
tres pecados.
Y en primer lugar leeré el texto de San
Ignacio y después sí ya empezaremos a a
penetrar un poco en el contenido de esta
meditación para ir sacando frutos. Leo
entonces lo que dice el Santo y lo voy
mostrando en pantalla también para que
ustedes puedan leerlo. En el punto 45
dice San Ignacio, primer ejercicio, es
meditación con las tres potencias sobre
el primero, el segundo y el tercer
pecado.
Ya lo dirá más adelante, pero lo
adelanto. ¿De qué pecado se trata? El
primer pecado es el pecado de los
ángeles que han cometido un solo pecado
y se han condenado eternamente en el
infierno. El segundo pecado es el pecado
de nuestros primeros padres, el pecado
de Adán y Eva, que también han
desobedecido al Señor y han sido
expulsados inmediatamente del paraíso. Y
el tercer pecado es el pecado que comete
un hombre cualquiera, que peca
mortalmente, no se arrepiente y muere en
estado de pecado mortal y también él se
condena en el infierno.
Dice San Ignacio, contiene esta
meditación después de una oración
preparatoria y dos preámbulos, tres
puntos principales y un coloquio.
En el punto 46, la oración preparatoria
es pedir gracia a Dios nuestro Señor
para que todas mis intenciones, acciones
y operaciones
se ordenen puramente al servicio y
alabanza de su divina majestad.
En el punto 47 dice el santo, el primer
preámbulo consiste en la composición de
lugar, es decir, imaginarme aquello que
voy a meditar, usar la imaginación para
tratar de ver de algún modo aquello que
estoy meditando. Entonces, cuando
hablemos del pecado de los ángeles,
tratar de imaginar cómo fue ese pecado,
tratar de imaginar el lugar en el cual
estaban los ángeles, tratar de imaginar
qué es lo que sucedió cuando hablemos
del pecado de nuestros primeros padres,
hacer exactamente lo mismo, imaginarlos
en el paraíso, imaginarlos habiendo sido
creados, habiendo sido salidos de la
mano de Dios, habiendo sido creados en
una perfección realmente absoluta que
nosotros no tenemos y hemos perdido a
causa de ese primer pecado. Y cuando
cuando pensemos en el pecado de un
hombre cualquiera, imaginemos justamente
eso, un hombre cualquiera que peca, no
se arrepiente y muere en ese estado.
Dice San Ignacio en el segundo
preámbulo, en el punto número 48, el
segundo preámbulo es pedir a Dios
nuestro Señor lo que quiero y deseo, es
decir, pedirle aquello que quiero sacar
de esta meditación. ¿Cuál es la gracia
que estamos buscando? ¿Para qué hacemos
esto? ¿Qué es lo que aquí queremos?
Entonces dice el Santo, aquí será pedir
vergüenza y confusión de mí mismo,
viendo cuántos han sido condenados por
un solo pecado mortal y cuántas veces yo
merecía ser condenado para siempre por
tantos pecados míos. Es decir, lo que
San Ignacio nos dice es, "Como fruto
debemos pedir vergüenza y confusión,
porque hablaremos más adelante, los
ángeles han pecado una sola vez y se han
condenado. Adán y Eva han pecado una
sola vez y han sido expulsados del
paraíso. Un hombre cualquiera, como nos
propone San Ignacio, ha pecado una vez,
no se ha arrepentido, ha muerto, se ha
condenado." Y entonces, vergüenza y
confusión, porque uno se pone delante de
estos tres ejemplos y uno se pregunta,
"Bueno, pero yo, ¿cuántas veces he
pecado?
Cuántas veces he ofendido al Señor,
cuántas veces, al igual que los ángeles,
le he dicho, "No te serviré. Quiero
hacer mi voluntad. Quiero hacer lo que
me gusta, quiero hacer lo que quiero."
Cuántas veces, al igual que Adán y Eva,
le he dicho al Señor, "Esto es lo que
vos me mandas, pero no quiero hacerlo.
Prefiero hacer otra cosa." Cuántas veces
hemos pecado también nosotros como ese
hombre cualquiera. Hemos tenido la
gracia de arrepentirnos, nos hemos
confesado. Pero, ¿qué hubiese pasado si
no teníamos esa gracia?
Entonces, delante de estos tres casos,
uno se tiene que avergonzar,
uno se tiene que confundir y uno tiene
que pedirle a Dios la gracia de la
perseverancia y uno tiene que
agradecerle por la misericordia que ha
usado, porque realmente no somos dignos
de esa misericordia. Ninguno de nosotros
ha hecho algo especial para que Dios me
perdone a mí y no perdone a los ángeles.
Yo no soy más importante, ni más grande,
ni mejor que los ángeles. Entonces, uno
se pregunta, bueno, pero ¿por qué a mí
me perdonó tantas veces? ¿Por qué me
pude confesar tantas veces? ¿Por qué me
dio tantas oportunidades? ¿Por qué creyó
también a todas mis promesas? Cuántas
veces hemos pecado y hemos prometido no
hacerlo más y después otra vez. ¿Por qué
a mí sí, a ellos no? Es decir, es un
misterio, no tenemos una respuesta. Pero
delante de esto uno tiene que
avergonzarse y decir, "Bueno, Señor, yo
quiero cambiar. No quiero seguir jugando
con tu misericordia. No quiero seguir
pecando. Hay tantos que no han tenido
segundas oportunidades y a mí, ¿cuántas
me has dado?" o no dos o tres o cuatro,
miles. Cuántas veces nos hemos confesado
y cuántas veces lo hemos engañado y
cuántas veces lo hemos traicionado y
cuántas veces nos hemos revelado
y no lo hemos seguido.
Entonces, uno tiene que avergonzarse y
decir, "Bueno, Señor, hasta acá llego. A
partir de hoy no quiero pecar más."
Sigamos entonces con lo que dice el
santo.
En el punto 49 dice San Ignacio, nota,
antes de hacer todas las contemplaciones
o meditaciones, se debe hacer la oración
preparatoria de la cual hemos hablado,
sin cambiarla y los dos preámbulos ya
dichos, algunas veces cambiándolos según
la materia correspondiente. Es decir, al
inicio de esta meditación hacemos la
oración preparatoria, hacemos la
composición de lugar y pedimos a Dios
que nos dé justamente vergüenza y
confusión y dolor por nuestros numerosos
pecados. Ahora sí, entonces los tres
puntos de esta meditación los leo y
después eh nos metemos de lleno. El
primer punto, dice San Ignacio, será
ejercitar la memoria sobre el primer
pecado, que fue el de los ángeles, y
luego sobre el mismo, ejercitar el
entendimiento discurriendo, luego la
voluntad, queriendo recordar y entender
todo esto para avergonzarme y
confundirme,
comparando con un pecado de los ángeles
tantos pecados míos.
Y pensando que si ellos por un pecado
fueron al infierno, ¿cuántas veces yo lo
he merecido por tantos?
El segundo punto, dice San Ignacio, es
hacer lo mismo ahora sobre el pecado de
Adán y Eva, trayendo a la memoria como
por aquel pecado hicieron tanto tiempo
penitencia y cuánta corrupción vino en
el género humano yendo tanta gente al
infierno.
Y el tercer punto es hacer lo mismo
sobre el pecado de uno cualquiera, dice
el santo, que por un solo pecado mortal
ha ido al infierno. y otros muchos sin
cuento, por menos pecados de los que yo
he cometido.
Y dice en el punto 52,
"Es necesario entonces traer a la
memoria la gravedad y la malicia del
pecado contra su creador y señor,
discurriendo con el entendimiento,
ponderando como al pecar, por obrar
contra la contra la bondad infinita, el
pecador justamente ha sido condenado
para siempre y acabar ejercitando la
voluntad como se ha dicho." ¿no? Y por
último, el coloquio, es decir, cuando
estamos terminando la meditación dice
San Ignacio, imaginar a Cristo, nuestro
Señor delante y puesto en cruz. Hacer un
coloquio, es decir, hablar con él,
considerando cómo de creador ha venido a
hacerse hombre, es decir, cómo Dios
omnipotente se hizo hombre por mí
y de vida eterna a muerte temporal y
hacía morir por mis pecados.
Otro tanto mirando a mí mismo,
considerando lo que he hecho por Cristo,
lo que hago por Cristo y lo que debo
hacer por Cristo.
Es decir, pensar lo que Jesucristo hizo
por mí y lo que yo he hecho por él, que
es absolutamente nada, y lo que hago por
él, que sigue siendo muy poco, y
preguntar entonces, ¿qué es lo que tengo
que hacer? Porque definitivamente tengo
que cambiar de vida.
Por último, dice el santo, el coloquio
se hace propiamente hablando como un
amigo habla con otro o un siervo con su
señor, a veces pidiendo alguna gracia,
otras culpándose por algo que se ha
hecho mal. Es decir, podemos pedirle al
Señor que nos otorgue confusión y
vergüenza por nuestros pecados. Le
pedimos perdón por las ofensas cometidas
y otras comunicando sus cosas y deseando
consejo para ellas y terminar con un
Padre Nuestro. Estos son los puntos de
San Ignacia. Ahora sí nos metemos eh de
lleno en la materia de esta meditación.
Entonces, el primer pecado es el pecado
de los ángeles. Algo hemos dicho, algo
hemos adelantado. Se trata del pecado
que han cometido los ángeles
cuando le han dicho a Dios, "No te
serviremos."
No te serviremos.
Aquello que nos pides no lo haremos.
¿Por qué? Porque no queremos. Porque
somos soberbios y queremos hacer nuestra
propia voluntad.
Sabemos muy poco de este pecado, sin
embargo, veamos lo que nos explica la
Sagrada Escritura en la segunda carta
del apóstol San Pedro. Dice el apóstol
en el capítulo 2, pues si Dios, atención
a estas palabras, no perdonó a los
ángeles que pecaron, no los perdonó,
sino que precipitándolos en los abismos
tenebrosos del infierno, los entregó
para ser custodiados hasta el juicio.
Pensemos un poco. Esto es palabra de
Dios está revelado.
La Sagrada Escritura nos dice que Dios
no perdonó a los ángeles,
un solo pecado y no los perdonó.
Y dice, "No solo que no los perdonó,
sino que los arrojó a los abismos
tenebrosos del infierno."
Ya meditaremos acerca del infierno, pero
se trata de una eternidad de tormentos
y todo eso por un solo pecado. Y uno
puede decir, "Bueno, pero parece un poco
desproporcionado.
¿Cómo puede ser que por un solo pecado
un acto de soberbia? ¿Cuánto tardamos en
cometer un acto de soberbia? ¿Cuánto
tardaron los ángeles? Si uno quisiera
medirlo con el reloj, sería un segundo,
un instante, simplemente decir, "No, no
quiero." Simplemente eso.
Y el castigo fue una eternidad. Y la
Sagrada Escritura dice que Dios no los
perdonó.
Entonces, me tengo que comparar y me
tengo que avergonzar porque cuántas
veces le he dicho al Señor, "No quiero,
no te serviré. Esto que me pedís, no lo
voy a hacer." o aquello que me pedís que
haga, la verdad es que yo no tengo
ganas. O aquello que me pedís que no
haga, yo lo voy a hacer porque me gusta.
Cuántas veces hemos obrado como los
ángeles ya sé, uno podrá decir, "Bueno,
pero la inteligencia de los ángeles era
más grande que la nuestra, la voluntad
de ellos." Entonces, aún así, ¿cuántas
veces lo he traicionado al Señor?
Cuántas veces le he dicho que no.
Cuántas veces he seguido mi voluntad,
cuántas veces le he dicho que que no
quiero hacer lo que me pide o que sí
quiero hacer lo que él me dice que no
haga.
y a ellos no los perdonó. Y a mí,
¿cuántas veces me perdonó? ¿Cuántas
veces me he confesado?
Sigamos con otro texto. Dice el apóstol
San Judas, "Además,
a los que a los ángeles que no
mantuvieron su dignidad,
sino que abandonaron su propia morada,
es decir, dejaron el cielo, los tiene
Dios guardados con ligaduras eternas
bajo tinieblas para el juicio del gran
día.
Es decir, nos dice prácticamente lo
mismo. Los ángeles por un solo pecado
mortal que cometieron, por un solo acto
de soberbia, por una sola desobediencia,
perdieron el cielo. Dice, "No
mantuvieron su dignidad y abandonaron la
propia morada. Dejaron el cielo. ¿Y qué
pasó con ellos? Los tiene guardados con
ligaduras eternas, según otras
traducciones, con cadenas eternas,
esperando el juicio del gran día.
Sabemos poco de este pecado, sabemos
realmente muy poco. Lo que sabemos es
que los ángeles cometieron, como
decíamos recién, un solo pecado y no
hubo una segunda oportunidad.
Dios no les preguntó si estaban
arrepentidos o no estaban arrepentidos.
Ya sé, alguno podrá decir, "Bueno, pero
los ángeles no tienen capacidad de
arrepentimiento. Más allá de eso,
¿cuántas veces yo he pecado? ¿Cuántas
oportunidades me ha dado Dios? Cuántas
veces lo he traicionado cuántas veces le
he prometido que no volvería a cometer
este pecado y sin embargo lo volví a
hacer. Cuántas veces le he mentido en
ese sentido, tantas promesas.
Y uno dice, "Bueno, pero ¿por qué a los
ángeles no los perdonó ni una vez y a mí
me ha perdonado miles?" Bueno, eso es
justamente lo que dice San Ignacio. Hay
que pensar en eso para avergonzarse,
para sentir confusión, para sentir
vergüenza y para convertirse, para
decir, "Bueno, a partir de ahora basta.
A partir de ahora basta.
No sabemos bien cuál fue la naturaleza
de este pecado. Los padres y los
teólogos sostienen que fue un acto de
soberbia y así lo sostenemos también
nosotros. Y como decíamos antes,
tratemos de medir cuánto se tarda en
cometer un acto de soberbia. Nada. Es
simplemente decir, "No, listo. Eso es un
acto de soberbia.
Dios que te pide una cosa y vos que le
decís, "No quiero."
Es un segundo, tal vez menos.
Y eso hizo que los ángeles estuvieran,
como decía el apóstol San Judas,
encadenados eternamente en el infierno.
Y uno se pregunta, "Bueno, pero entonces
yo, ¿cuántos infiernos merezco? ¿Cuántas
veces le he dicho que no?" Y eso es lo
que nos dice San Ignacio, justamente
tenés razón, mereces muchísimos
infiernos y sin embargo, acá estás
haciendo un ejercicio,
tratando o proponiéndote de cambiar de
vida, de abandonar el pecado. Ese es el
objetivo de esta meditación. No es
simplemente conocer más sobre lo que
pasó o no pasó, es aplicarse esto a uno
mismo y decir, "Bueno, a partir de ahora
basta."
Saquemos algunas consecuencias de este
primer pecado. Una primera consecuencia
puede ser la siguiente,
que la condenación puede incurrir en los
lugares más santos y que no hay en esta
vida una situación segura. Es decir, los
ángeles pecaron en el cielo. No hay
lugar más santo que ese. Y eran ángeles
que tenían una voluntad muchísimo mayor
que la nuestra.
eran muchísimo más perfectos que
nosotros y aún así pecaron. Entonces, si
pecaron ellos, ¿quién soy yo para decir
que no voy a pecar? ¿Pecó David? ¿Pecó
Sansón? ¿Pecó San Pedro? ¿Pecaron todos
los grandes santos? ¿Quién soy yo para
decir que no voy a pecar? Entonces,
pecar mortalmente y condenarme es una
posibilidad.
Es feo escucharlo decir, pero es una
posibilidad y hay que decirlo y hay que
predicarlo y hay que insistir. Es una
posibilidad. Si pecaron los ángeles,
puedo pecar yo.
Otra segunda consecuencia es que ni la
inocencia pasada, ni los dones de
naturaleza o de gracia pueden hacernos
sentir seguros. Es decir, uno no puede
pensar que porque ha sido bueno durante
mucho tiempo, entonces ya no pecará. Uno
no puede decir, "Bueno, pero por ejemplo
en nuestro caso sacerdote decir, bueno,
pero tantos años sirviendo al Señor en
la misión, a mí no me va a pasar. ¿Quién
me dijo que no me va a pasar? Es muy
sencillo. Puedo pecar y si no me
arrepiento y muero en ese estado, me
condeno. Punto.
Es decir, no es que por haber sido
buenos durante muchos años uno tiene el
cielo asegurado. Nadie tiene el cielo
asegurado.
Tampoco los dones de la naturaleza o de
la gracia pueden hacernos sentir
seguros.
Uno no puede decir, "Bueno, pero yo soy
demasiado inteligente o tengo muchos
carismas o eso no importa. Si uno peca y
no se arrepiente y muere en ese estado,
se condena." Otra consecuencia es que un
solo pecado, un primer pecado, el pecado
de un momento, es suficiente para
asociarnos con los demonios. Y esto es
realmente así, un solo pecado. Es decir,
no es que se condena al pecador que ha
sido un atorrante durante toda su vida,
que ha asesinado a millones de personas.
No se condena el que hace un acto de
soberbia, no se arrepiente y muere. Se
condena el que tiene un pensamiento de
odio, el que tiene un pensamiento de
venganza, el que tiene un pensamiento
impuro, no se arrepiente y muere y se
condena.
Es decir, no tenemos que pensar que se
condenan solamente los grandes
criminales. Se puede condenar cualquier
persona. Un solo pecado de un momento,
de un instante, ya es suficiente para
asociarnos con los demonios en el
infierno. Y otra consideración es que la
bondad de Dios y su misericordia
no siempre detienen los golpes de su
justicia.
Esto es una verdad que conocemos, pero
que sin embargo es bueno recordarla. A
veces exageramos al hablar de la
misericordia de Dios. Hay que hablar de
su misericordia porque es eterna, porque
es infinita. Hay que hablar de su
misericordia porque nos llena de
esperanza y porque sabemos que realmente
existe y nos perdona y es capaz de
perdonar cualquier atrocidad que hayamos
cometido. Sin embargo, también Dios es
justo y a veces su justicia
prevalece sobre su misericordia. A veces
Dios ha sido misericordioso tantos años
con nosotros que llega un momento en el
cual dice, "Ahora basta."
Entonces, la misericordia de Dios no
siempre detiene los golpes de su
justicia. Pensemos ahora entonces un
poco en nosotros. Los ángeles han
cometido un solo pecado y yo he cometido
tantos. Un pecado de un instante, un
pensamiento, simplemente decirle, "No te
serviré."
Eso fue suficiente para arrojarnos en el
infierno. Ahora, ¿cuántas veces he
pecado? ¿Cuántas veces le he prometido
que cambiaría y no cambié? ¿Cuántas
veces le he dicho que no quiero hacer su
voluntad, que quiero hacer la mía?
¿Cuántas veces he hecho aquello que él
me mandaba no hacer? ¿Cuántas veces le
he prometido cosas que no cumplí?
Cuántas veces me he confesado y acá
estoy. Y uno dice, "Bueno, pero ¿por qué
ellos sí y a mí no? ¿Por qué ellos se
condenaron y yo no?" Y eso es porque
Dios te está esperando, pero tampoco hay
que hacerlo esperar para siempre.
Pensemos. Pasamos ahora entonces al
segundo pecado, el pecado de Adán y Eva.
La historia la encontramos en el libro
del Génesis, en el capítulo 3. Eh, no
voy a leerlo porque es un texto largo,
pero uno puede leerlo por su cuenta en
el capítulo 3 del versículo 16 al
versículo 24. Lo que sabemos
perfectamente bien, lo que esa historia
nos dice, es que sucedió algo parecido,
no igual, pero parecido a lo que sucedió
con los ángeles. Dios puso a Adán y Eva,
que fueron el primer hombre y la primera
mujer salidos de la mano de Dios, o sea,
una perfección absoluta. Los puso en el
lugar más maravilloso y más hermoso de
la tierra. Puso todo el universo
sometido a sus pies. Eran dueños
prácticamente de la creación, es decir,
tenían una relación con Dios
prácticamente de amigos.
Y Dios le dijo, "Hagan lo que quieran,
excepto una cosa." ¿Y qué hicieron? Esa
cosa que no tenían que hacer. ¿Y cuál
fue el resultado? Que Dios los echa del
paraíso.
También acá no hay una segunda
oportunidad. Dios no le preguntó a Adán,
"Adán, ¿estás arrepentido de lo que
hiciste? Eva, ¿estás arrepentida de lo
que hiciste?" Bueno, quédense, les doy
una segunda oportunidad. No, no hubo
nada de eso. Al contrario, dice el
texto, "Le echó Yahé Dios del jardín del
Edén y habiendo expulsado al hombre,
puso delante del jardín de Edén
querubines y la llama de espada
vibrante, es decir, querubines con una
espada eh encendida en fuego para
guardar el camino del árbol de la vida."
Y acá entonces nos encontramos con lo
mismo que ha sucedido con los ángeles,
un solo pecado, uno solo. Y el castigo
fue inmediato.
Ellos perdieron en ese momento no solo
la gracia de Dios y la amistad con su
creador, sino que perdieron todos los
privilegios con los cuales habían sido
adornados, la inmortalidad, son
expulsados del paraíso terrenal. Es
decir, se desató una tragedia después de
ese pecado.
Y acá lo mismo, un solo pecado. Y yo,
¿cuántos he cometido? ¿Cuántos pecados
he cometido? Y acá estoy.
Jesús que me espera, que me llama,
que me invita a convertirme, que me pide
que cambie, que me pide que sea mejor,
que me pide que sea fiel.
Y yo dándole excusas tantas veces
traicionándolo, mintiéndole, haciéndole
promesas que después no cumplo. Nos
tenemos que avergonzar. Adán y Eva,
nuestros primeros padres, un solo
pecado, una sola desobediencia,
recibieron un castigo inmediato y yo
acá estoy.
Por eso tenemos que realmente tomarnos
en serio lo que nos dice San Ignacio y
decir, "Bueno, hasta acá llegué, no
puedo seguir."
Dice un comentador de los ejercicios,
"El suyo, es decir, el de Adán y Eva,
fue solo un pecado y los nuestros se
multiplican más que los cabellos de
nuestra cabeza. El suyo fue castigado
incluso en quienes no eran personalmente
culpables de él, es decir, en todos
nosotros,
que arrastramos las consecuencias de ese
pecado, que nacemos pecadores con pecado
original." Uno puede decir, entre
comillas, por culpa de el pecado de Adán
y Eva. decir, pensemos en las
consecuencias terribles que tuvo este
pecado y fue un solo pecado. Entonces
dice este comentador, "¿Qué merecen
entonces los nuestros que son muchísimos
más numerosos?"
Es decir, merecemos, como decía San
Ignacio, muchos infiernos y sin embargo,
acá estamos.
Dios que nos da a todavía una nueva
oportunidad, ¿cómo la voy a usar? ¿Qué
le voy a decir? Voy a seguir dando
excusas.
Le voy a decir al Señor que no, que
todavía no estoy preparado, que lo dejo
para el año que viene, que mejor dentro
de unos meses voy a cambiar, pero que
por ahora no, que soy muy joven, que
quiero, ¿qué le voy a decir? ¿Cómo le
voy a seguir dando excusas al Señor que
ha sido tan paciente, tan bueno, que me
ha perdonado tantas veces? No puedo
darle excusas.
Por último,
dice San Ignacio, "Pensemos en el pecado
de un hombre cualquiera." Y aquí
realmente pensemos en el pecado de un
hombre cualquiera. Pensemos en el pecado
de un hombre que comete cualquier pecado
grave, que no tiene tiempo de
arrepentirse o no quiere arrepentirse,
se muere y se condena.
Dice el Catecismo de la Iglesia
Católica. Lo leo porque me parece que
esto es eh realmente importante. En el
punto 431,
el catecismo dice así: "El pecado es
siempre una ofensa hecha a Dios." ¿Y por
qué digo que es importante? Porque a
veces podemos confundirnos y pensar que
hay ciertos pecados que no ofenden a
Dios. Uno dice, "Bueno, si mato a
alguien, sí le ofendo, pero sin cambio,
si yo tengo un mal pensamiento, nadie se
entera, no perjudico a nadie, no le hice
daño a nadie, esto no no está tan mal."
Y sin embargo, el catecismo me dice,
"Eso también es una ofensa hecha a
Dios." Aunque no te haya visto nadie,
aunque nadie se entere de lo que
hiciste, es una ofensa hecha a Dios. El
pecado es siempre una ofensa hecha a
Dios.
Y más adelante, en el punto 1033,
el catecismo de la Iglesia Católica
dice, "Salvo que elijamos libremente
amarle, no podemos estar unidos con
Dios." Es decir, es una elección
personal.
No es automático que el que nace está
unido a Dios y se salva. No, es una
elección personal. Pero no podemos amar
a Dios si pecamos gravemente contra él,
contra nuestro prójimo o contra nosotros
mismos.
Atención a esto. Morir en pecado mortal
sin estar arrepentido ni acoger el amor
misericordioso de Dios significa
permanecer separados de él para siempre
por nuestra propia y libre elección.
Esto es el catecismo de la Iglesia
Católica. Dice, "El que peca gravemente,
si no se arrepiente,
permanecerá separado de Dios para
siempre por una elección propia y
libre." Es decir, aquellos que se
condenan no pueden culpar a Dios. No
podemos decir, "Qué Dios tan malo que
los arroja al infierno." No, fue una
elección libre y personal. Fue una
elección propia. Yo elegí pecar. Nadie
peca sin querer. Yo elegí pecar. Yo
sabía que esto estaba mal y sin embargo
lo hice. La elección es mía y las
consecuencias también son mías y me
tengo que hacer cargo. No puedo echarle
la culpa al juez de haberme condenado si
yo he cometido un delito. La culpa es
mía. Si no quiero ser condenado, no
tengo que cometer el delito. Dice el
catecismo. Sigue un poco más. Este
estado de autoexclusión definitiva de la
comunión con Dios y con los
bienaventurados es lo que se designa con
la palabra infierno. Dice el catecismo,
autoexclusión.
Yo mismo me excluí.
No debo culpar a Dios por aquellos que
se condenan. No puedo decir que Dios tan
riguroso y tan injusto.
Autoexclusión.
Me condené porque hice lo que yo sabía
que no tenía que hacer. punto o me
condené porque no hice lo que yo sabía
que sí tenía que hacer. Es una lección
libre, es una lección propia que
consiste en una exclusión de Dios y de
los bienaventurados. Eso es lo que se
designa con la palabra infierno. Por
último, quiero simplemente compartir
unos textos de San Agustín.
Él decía así, hablándole al alma que ha
pecado. Tú eras esposa de Cristo, templo
de Dios, santuario del Espíritu Santo. Y
cada vez que digo eras, debo gemir,
porque ya no eres lo que eras.
El alma que ha sido, que ha recibido el
bautismo, sí se convierte, como dice el
santo, en templo de Dios, en esposa de
Cristo, santuario del Espíritu Santo.
Pero un solo pecado mortal es capaz de
arruinar todo eso.
Y por eso dice San Agustín, ya no eres
lo que eras.
Y dice el Santo, "Oh pecador, qué
miseria la tuya. Cuánto eres de
compadecer si tu conciencia así te
persigue. Pero aún lo eres más si tu
conciencia te deja en paz."
Efectivamente,
si no nos arrepentimos y si no cambiamos
de vida, estamos arriesgando nuestra
salvación eterna.
No perdamos el tiempo, no demos más
vueltas, no demos excusas. Este es el
momento de preguntarnos, como decía San
Ignacio, ¿qué he hecho por Cristo? ¿Qué
hago por Cristo? ¿Y qué he de hacer por
Cristo? Decía San Ignacio, para
terminar, imaginémonos a Cristo puesto
en cruz, a Cristo crucificado. Pidámosle
entonces que nos ayude a arrepentirnos
de nuestras faltas, que nos dé
confusión, que nos dé vergüenza y que
nos alcance también la gracia para
perseverar en la gracia de Dios, para
que de este modo podamos salvar el alma.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu
Santo. Como era en el principio, ahora y
siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
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