La falta de acción esta destruyendo tu vida (y autoestima)
FULLSTÄNDIGT TRANSKRIPT
Carl Jun escribió, "Quien quiera
conocerse a sí mismo debe aprender a
conocer a su propio demonio. Pero esto
no es fácil, porque lo que llamamos
demonio es aquello que más rechazamos en
nosotros mismos. Si huyes de ti mismo,
te encontrarás contigo en el camino.
Nadie puede escapar de sí mismo. Muchos
pensadores han propuesto que los seres
humanos necesitan estimulantes
emocionales y ayudas psicológicas para
mitigar las dificultades y cargas
asociadas con la existencia y para
sostener la convicción de que la vida
vale la pena. Sin estos mecanismos, uno
es propenso a caer en ese tipo de astío
existencial que se expresa en la
sabiduría de Sileno. Y cito, "Oh
miserable raza efímera, hijos de la azar
y del sufrimiento, ¿por qué me obligan a
decirles aquello que sería mejor no
escuchar? En nuestra era de ansiedad y
victimismo, el valor es una cualidad de
la que muchos carecemos profundamente.
Porque, ¿quién de nosotros no podría
elaborar una larga lista de cosas que
haría si tan solo fuera más valiente?
O mejor dicho, cuántas veces nos hemos
decepcionado a nosotros mismos al
sucumbir a nuestros miedos en lugar de
actuar de una manera que podría crear
una vida mejor. Pero para quienes nos
encontramos en esa situación, nuestro
futuro no tiene por qué reflejar nuestro
pasado, ya que el valor es una habilidad
que puede cultivarse y por encima de
todo, esta habilidad surge de la manera
en que nos relacionamos con nuestras
emociones. Actuar con valor requiere que
dejemos de ver las emociones angustiosas
como barreras para la acción y en su
lugar aprendamos a avanzar en la vida,
incluso en presencia del miedo, la
ansiedad, la culpa o la vergüenza. Para
comenzar, necesitamos delinear el papel
que desempeñan las emociones en la vida
humana y distinguir entre emociones
adaptativas y desadaptativas, pues
dentro de este marco de comprensión se
hará evidente por qué las formas
habituales en que las personas se
relacionan con las emociones angustiosas
fomentan la cobardía y por qué es
necesaria una alternativa.
Las emociones, escribió Michael Mahoni,
cumplen funciones críticas al dirigir
nuestra atención, moldear nuestras
percepciones, organizar nuestra memoria
y motivar nuestro compromiso activo con
el aprendizaje que la vida nos exige de
manera constante. Ha existido una
tendencia persistente en la historia de
las ideas que se remonta hasta Platón,
que caracteriza a las emociones como
elementos indisciplinados y
animalísticos de la vida humana. Según
esta perspectiva, nuestras emociones
perturban nuestra tranquilidad e impiden
nuestra capacidad de pensar
racionalmente.
Pero esta visión es unilateral y pasa
por alto el papel prospectivo de las
emociones, pues nuestras emociones
cuando funcionan correctamente nos
ayudan a responder de manera eficaz a
nuestro entorno, nos proporcionan
información sobre lo que es bueno y malo
en nuestra vida y dirigen nuestra
atención a una velocidad que a menudo
supera la de nuestra mente cognitiva.
Si bien todas las emociones pueden
proporcionarnos información, con
frecuencia son las emociones más
angustiosas las que contienen la
información más importante. El miedo
puede enfocarnos en una amenaza. La
ansiedad puede alertarnos de que estamos
tomando un camino equivocado en la vida,
mientras que la culpa y la vergüenza
pueden indicar que nuestro
comportamiento no está alineado con
nuestro sentido moral. O como explica
Leslie Greenberg en terapia focalizada
en las emociones, la función normal de
la emoción es procesar rápidamente
información situacional compleja con el
fin de proporcionar retroalimentación a
la persona sobre su reacción y
prepararla para tomar una acción eficaz.
Nuestras emociones, en otras palabras,
son cruciales no solo para nuestra
capacidad de sobrevivir, sino también
para prosperar. Pero donde la mayoría de
nosotros tiene dificultades es en
nuestra incapacidad para lidiar con lo
que se denomina emociones
desadaptativas.
Porque a veces nuestras emociones pueden
cobrar vida propia y en lugar de señalar
formas adaptativas de interactuar con
nuestro entorno, nos desorientan y nos
impulsan a comportarnos de maneras que
disminuyen nuestro bienestar. Estas
emociones desadaptativas, como explica
Greenberg, ya no ayudan a la persona a
afrontar de manera constructiva las
situaciones que las provocan, más bien
interfieren con el funcionamiento
eficaz. Estas respuestas emocionales
generalmente implican patrones
sobreadquiridos basados en experiencias
previas a menudo traumáticas. Las
emociones desadaptativas son los
pequeños demonios que desvían nuestra
vida de su curso. Son las emociones que
dan lugar a fobias, trastornos de
ansiedad, problemas de ira, depresión y
niveles distorsionados de culpa y
vergüenza. La mayoría de las personas
intenta lidiar con estas emociones
angustiosas de una de dos maneras,
mediante el razonamiento o mediante la
supresión. Sin embargo, ambos métodos
son contrarios al cultivo del valor, ya
que tratan las emociones angustiosas
como estados que deben superarse antes
de que pueda emprenderse la acción y
explorarse las posibilidades de la vida.
Pero lo que empeora aún más las cosas es
que ambos enfoques tienden a fracasar en
su propósito de liberarnos del dominio
de la emoción desadaptativa.
Razonar con nuestras emociones suele
ocurrir cuando somos conscientes de que
nuestras emociones desadaptativas no
están alineadas con la realidad de
nuestra situación. En esos momentos
puede parecer razonable intentar
discutir con nuestras emociones con la
esperanza de que nuestra mente cognitiva
pueda ejercer control sobre ellas y
liberarnos para avanzar sin obstáculos.
Pero las emociones rara vez pueden
controlarse mediante simples actos de
voluntad, ni son fácilmente manejables
únicamente a través del pensamiento.
De hecho, una emoción intensa tiene más
probabilidades de anular nuestra
capacidad de pensar con claridad que un
pensamiento claro, de anular una emoción
intensa. O, como lo expresó célebremente
Alexander Pop, la pasión dominante, sea
cual sea, sigue dominando a la razón.
Como nuestros pensamientos por sí solos
rara vez nos liberan de un trastorno de
ansiedad, una fobia u otras formas de
emociones desadaptativas, muchas
personas abandonan este enfoque y
recurren a la supresión emocional en
busca de alivio. Si no podemos vencer
estos estados emocionales con nuestros
pensamientos, quizá podamos expulsarlos
de nuestra conciencia. La supresión
puede funcionar a veces, pero tiene un
costo. Pues como explica el psicólogo
Alexander Lowen en su libro El miedo a
la vida, suprimir un sentimiento no lo
hace desaparecer, solo lo empuja más
profundamente en el inconsciente. Con
esta acción internalizamos el problema.
Internalizar nuestros estados
emocionales simplemente desplaza sus
efectos. En lugar de sentir ira, podemos
desarrollar tensión muscular crónica o
migrañas. En lugar de sentir ansiedad,
podemos desarrollar síntomas corporales
como problemas digestivos o incapacidad
para dormir. Pero un problema importante
de la supresión es que crea una nueva
barrera para la acción valiente. Puede
que ya no sintamos la emoción, pero la
dolencia psicosomática que creamos en el
proceso a menudo se convierte en nuestra
nueva excusa para permanecer estancados.
En lugar de decirnos que debemos superar
nuestro miedo y ansiedad antes de actuar
con valentía, ahora nos decimos que
primero debemos sanar aquello que aqueja
al cuerpo. Pero si razonar con las
emociones desadaptativas resulta
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